¿Qué le digo por el 8M a la Iglesia? (III)


Desde mis entrañas hay un texto del evangelio de Lucas que gime con dolores de parto: “Iban con él los doce y algunas mujeres” (Lc 8, 1-3). Un texto olvidado por exégesis (¡Qué casualidad!) y el único texto de los evangelios que atestigua la presencia de mujeres en el ministerio galileo de Jesús. En este 8 de Marzo quiero subrayar varias ideas interesantes sobre este breve texto. Este grupo de mujeres no acompañan a Jesús de manera puntual sino que realmente son sus seguidoras; aparecen de manera pública con él en su tarea de anunciar el Reino y son testigos inmediatos de su tarea. Jesús las siente discípulas y se relaciona con ellas como tal. Son mujeres de todo tipo y condición y están en el mismo plano y tienen los mismos derechos que los varones en el grupo de Jesús. Son mujeres sanadas o liberadas, llamadas por Jesús a seguirle. Desde mi ser mujer, creyente y teóloga esta es la reflexión que nace de mis entrañas y se la dirijo a mi querida Iglesia, reflexión que da a luz las implicaciones que tiene este texto para la comunidad creyente hoy.


Hay mujeres creyentes comprometidas en hacer memoria de tantas mujeres que a lo largo de la historia han sido silenciadas y más dentro de la historia de la Iglesia; comprometidas en tener nuestra palabra, no callar ni permitir que nos silencien; implicadas en trabajar en red dentro de la comunidad creyente y estando presentes también, como cristianas y creyentes, en colectivos de mujeres que trabajan en distintos ámbitos. Hay mujeres creyentes realizando pequeños gestos que rompen el machismo eclesial, que denuncian que, aunque la Iglesia reconozca la igualdad entre varones y mujeres, en la práctica hay subordinación e inferioridad. Hay varones y mujeres creyentes trabajando conjuntamente dentro de la comunidad, que están haciendo verdaderos esfuerzos en la tarea de romper viejas costumbres, acabar con lenguajes desfasados y los “odres viejos”. ¡Estamos dispuestas/os! ¡Somos Iglesia!


Como comunidad creyente, todos/as, debemos potenciar grupos y comunidades con nombre y rostros humanos, que no ahoguen la personalidad y modo de hacer de cada uno, donde las personas se sientan valoradas, importantes y aportando desde su propia experiencia creyente. A la comunidad nos conviene vivir en actitud de servicio dentro y hacia fuera para que nadie se crea más que el otro y se vivan relaciones de igualdad y fraternidad.


Mi “querida” jerarquía eclesial, tienes que dar...


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