¿Qué le digo por el 8M a la Iglesia? (IV)


Dicen que las generalizaciones son injustas. Y, sin embargo, la situación de las mujeres en las variadas expresiones de "ser Iglesia" es un elemento nivelador (a la baja, claro) en todas las denominaciones cristianas, aunque se presente modulado, y se haga patente, de distintas formas. No es lo mismo no ordenar a mujeres que ordenarlas. Eso es cierto. Allí donde no se nos ordena a ningún o a ciertos ministerios eclesiales, está clara la flagrante discriminación que sufrimos y la injusticia de una práctica que poco tiene que ver con Jesús de Nazaret — aunque a menudo tal práctica se escude en la supuesta salvaguarda de sus palabras y hechos, porque “Jesús no ordenó a mujeres”. Hasta donde yo sé, tampoco ordenó a hombres; sí llamó a hombres y mujeres. Por otro lado, aun allí donde se nos ordena al ministerio pastoral u episcopal, la práctica no es la “panacea igualitaria” que parece ser. Comprensiones “complementaristas” del ministerio pastoral son corrientes, esto es, las mujeres pastoras son a menudo visitas como las “ayudantes glorificadas” de sus compañeros varones, sobre todo cuando la comunidad en cuestión es “pastorcéntrica”, esto es, gira en torno al pastor. Un ejercicio de imaginación ilustra bien esto: la figura de “la esposa del pastor” como aquella intermediaria entre el pastor y su comunidad, siempre dispuesta a escuchar asuntos delicados, es bien conocida. La del “marido de la pastora” es algo extraño, porque siendo mujer, la pastora ya es suficientemente “empática”. La cuestión, por supuesto, no es que ella sea más o menos empática. El problema es que su “intermediación” está incompleta, porque no hay varón al final de la línea, y su autoridad no es por tanto la misma que la de un compañero ministerial varón. Le falta “la parte importante”. El problema es mucho más evidente cuando el compañero varón en cuestión es, además, también pastor. El vaciado de autoridad que ocurre en niveles de organización inferiores, al nivel de los consejos de Iglesia o diáconos, cuando ocupados por mujeres, ilustra el mismo problema: la autoridad de las mujeres tiene problemas de reconocimiento sencillamente porque no somos varones. Porque los mecanismos en funcionamiento sólo reconocen plenamente una autoridad sexuada en masculino.


¿Qué le diría, pues, a la Iglesia? Le diría que la ordenación de mujeres, por sí misma, no es la solución a la discriminación que sufrimos. Lo es el replanteamiento integral del ministerio, pastoral o no. Le diría que el “pastorcentrismo”, que es una de las grandes causas de burn out y depresión entre pastores y pastoras, es un problema estructural relacionado con la situación de las mujeres en la Iglesia; estamos pero no estamos, como aquel “dolor fantasma” que uno/a tiene cuando le amputan algo. Sólo que la amputación no es tal, y de mientras la herida sigue gangrenando.

Mireia Vidal

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