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Razones para hacer huelga en la Iglesia (I)

COMPRENSIÓN EN DIFERIDO

“Lo que yo hago, tu no lo entiendes ahora, lo entenderás después”. Se lo dijo aquella noche Jesús a Pedro cuando se resistía a dejarse lavar los pies intuyendo, porque tonto no era, que como entrara por ahí iba a salir perdiendo. El Maestro no debía sentirse con ánimos para ponerse a convencerle, lo había intentado ya muchas veces con resultados nulos. “-Vale Pedro, no vamos a seguir discutiendo. Te lavo y punto. A lo mejor activando el modo-ausencia consigo que entiendas algo de lo que llevo tanto tiempo explicándote. Somos amigos, te quiero mucho y trabajamos bien juntos, pero no hay manera de que te sacudas ese aire de superioridad, esa manía de mirar por encima del hombro a los demás y no digamos a las mujeres, esa pretensión tonta de creerte superior, ese dedo tieso con el que te empeñas en imponer, dictaminar, amonestar y sentar cátedra. A lo mejor, cuando yo ya no esté cerca, caerás en la cuenta de que por ahí no vas a ninguna parte, te bajarás de tu trono de pacotilla, soltarás esa corona de cartón y empezarás a reírte de las prebendas, los escalafones y las regalías. Te aseguro que desde abajo y con el delantal puesto, todo cambia a mejor. Y además en esta comunidad en la que vas a estar de roca, compartir delantales es una condición indispensable. Y no sigo porque se nos está echando la noche encima y además se enfría el cordero”.

Por ahí va este juego de desaparecer un día, quitarnos de en medio y dejar huecos y vacíos. Quizá favorezca una “comprensión diferida” y sirva para caer en la cuenta de que la exclusión de las mujeres en la Iglesia no beneficia a nadie y que la tarea del Reino no sale ganando con ella, sino que queda incompleta y distorsionada, privada de la novedad y la fecundidad de una aportación distinta. Estamos convencidas de que los grandes perdedores en este sistema son los propios hombres porque no hay peor engaño que creerse autosuficientes y superiores; no hay suerte más triste que la de ejercer la fuerza como dominio o como manipulación; no hay pérdida más empobrecedora que la de privarse de la aportación de lo di­ferente.

“Gritarán las piedras” había dicho Habacuc y Jesús se apropió de sus palabras. Ojalá nuestra ausencia de un día sirva para que dé gritos en la Iglesia esa otra ausencia nuestra, tan crónica ya y tan muda. Porque además ese cordero del que solemos encargarnos (vete a comprarlo, carga con él, alíñalo, ásalo, que no te quede crudo, sírvelo, friega después el horno…), está empezado a enfriarse.

Dolores Aleixandre RSCJ

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